Por qué en la Argentina fracasan todos los gobiernos (2022)

Por qué en la Argentina fracasan todos los gobiernos (1)

En este capítulo analizaremos algo bastante singular en los regímenes democráticos: el mero hecho de votar, de concurrir a las urnas, produce un efecto muy particular en los ciudadanos que es renovar la esperanza y construir legitimidad de origen. Al reproducirse el momento crítico de la democracia, que es la selección del liderazgo mediante el voto popular, crece en los representados la sensación de que sus demandas van a ser escuchadas. Esta idea constituye un principio básico y se sostiene en la confianza de que aquellos a los que se les delegan los recursos van a entender más claramente cuáles son las prioridades y van a utilizar sus capacidades, instrumentos e ideas para responder a ellas. En general, todo eso no sucede. Sin embargo, a pesar de la experiencia empírica, la democracia conserva esa magia, ese efecto casi único, de mantener la ilusión. Y así, sin importar cuántas veces uno se haya decepcionado, espera concurrir nuevamente a las urnas con la esperanza de que en esta ocasión será escuchado.

Las elecciones de este 2019 ofrecen de nuevo esa oportunidad: que la democracia salga al rescate de la Argentina. Y de esta forma, mediante el voto popular, ungir a un nuevo gobierno con plena legitimidad. Aquí es necesario referirse a dos conceptos: la legitimidad de origen y la legitimidad de ejercicio. La primera es la condición a la que acceden ciertas personas por el solo hecho de haber sido elegidas de acuerdo con un conjunto de reglas. Se llega a través del proceso electoral por el cual el pueblo, que es el soberano, elige a sus representantes y les delega su poder. Ese poder es intangible y le otorga al representante un stock de capital político que se expresa en la confianza y la influencia que el gobernante ostentará durante su mandato. Para algunos, este capital es estático. Es decir, no merma, ni aumenta a lo largo de la gestión. En cambio, hay quienes lo consideran dinámico, es decir, que puede reproducirse o perderse según el contexto y de acuerdo con cómo sea invertido. Lo que determinará esa variación es la capacidad de los representantes para satisfacer, al menos parcialmente, las demandas de la sociedad. Cuando esto ocurre, es decir, cuando un gobierno utiliza su capital político y los recursos públicos para responder a las exigencias de la ciudadanía, se da lugar a otro intangible: la legitimidad de ejercicio. Es otra fuerza vital e invisible de la democracia que tiene el efecto de regenerar el capital surgido del voto popular. Existen, de todas formas, regímenes con legitimidad de ejercicio, pero que carecen de legitimidad de origen. Esto sucede cuando el mandato no es delegado por el resultado de una elección. Sin embargo, la legitimidad de ejercicio, que surge de la capacidad de dar respuestas a los reclamos de la ciudadanía, les permite mantenerse en el poder. En un país como la Argentina, que arrastra una larga historia de inestabilidad, esta facultad del sistema democrático para generar esperanza y reproducir la sensación de que las demandas serán escuchadas es fundamental.

Pasadas más de tres décadas desde el retorno a la democracia, muchos han sido los logros; por ejemplo, la estabilidad institucional, el establecimiento de los derechos humanos como principio fundamental del orden democrático, la superación de conflictos limítrofes en el marco de la integración regional y la implementación de nuevos programas sociales focalizados en aliviar la extrema pobreza. Sin embargo, las asignaturas pendientes son enormes, pues la política es casi siempre parte del problema y casi nunca parte de la solución. En efecto, hemos acumulado fracasos muy significativos, materializados en síntomas de problemas profundos y estructurales del sistema político local: dos hiperinflaciones, un megadefault, expropiaciones masivas y controversiales, fragmentación del sistema político, fuerte polarización social, un nivel de desigualdad incompatible con una sociedad moderna y democrática, y una insólita pasividad ante el avance de la amenaza de gobernabilidad más grave que enfrenta la Argentina en muchísimo tiempo: el fenómeno del narcotráfico. A pesar de este balance negativo, de ninguna forma el país está condenado a la decadencia, aunque su éxito requerirá múltiples esfuerzos. Los destinos de los pueblos no están predeterminados, sino que son consecuencia de decisiones estratégicas tomadas en el contexto de coyunturas críticas. Hasta ahora ningún gobierno ha logrado sacar al país de su largo declive, pero quizá por el pasado doloroso de los regímenes de facto, así como por la ausencia de actores autoritarios, la democracia sigue representando ese único camino de salvación. Aquel que genera, a través del voto popular, una nueva ola de esperanza.

En este capítulo vamos a trabajar cuatro puntos que nos permitirán entender el modo en que el sistema democrático se estructura para conservar esa capacidad de renovar periódicamente esta ilusión. El primero intentará responder para qué sirven las elecciones; en segundo lugar, analizaremos las condiciones necesarias para construir legitimidad de origen y de qué modo puede transformarse en legitimidad de ejercicio; luego, profundizaremos el concepto de capital político y la importancia de los acuerdos para la gobernabilidad; finalmente, veremos cómo opera la esperanza de la ciudadanía dentro del proceso democrático.

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(Video) Sergio Berensztein analiza por qué fracasan los gobiernos

Las elecciones sirven para construir y distribuir poder

Los procesos electorales sirven para elegir autoridades dentro de un sistema democrático. Sin embargo, esa no es su única función. Mediante el voto popular la sociedad también tiene la posibilidad de expresar sus matices. De esta forma, se plasman las diferencias que la ciudadanía personifica en los distintos actores políticos. Esto es así porque no existen sociedades con unidad absoluta de criterios. La política implica siempre arbitrar intereses contrapuestos. Esto se expresa más y mejor en los sistemas democráticos, mientras que en las dictaduras las disidencias suelen reprimirse al imperar los criterios y premisas de una clase, facción o actor predominante que no permiten a los demás actores expresar sus preferencias de manera orgánica y libre. A través de las elecciones, entonces, no solo se construye la autoridad, sino que también se distribuye el poder en consonancia con esas diferencias. Así es como, por medio del voto popular, se decide quién gobierna, quién controla al que gobierna y, sobre todo, cuántos serán los que controlen.

En las urnas, la sociedad informa a la clase política sobre el peso relativo de la confianza que le otorga a cada una de las partes que participan en la contienda. Es un mensaje que no es consciente, pero es un mapa de preferencias, un balance de poder, que debe ser leído con mucha atención por quienes gobiernan y también por quienes votan. La noche de la elección da como resultado una postal acerca de cómo somos los argentinos, que si bien no es una imagen exhaustiva, permite al menos conocer cómo nos expresamos frente a determinada oferta electoral. Allí quedan plasmadas las principales demandas de los votantes. Que una persona resulte ganadora, sin embargo, no implica que los votantes estén plenamente de acuerdo con sus propuestas. Muchas veces sucede que la oferta de candidatos no alcanza a satisfacer las demandas de la ciudadanía y cuando esto ocurre se dice que los votantes eligen “el mal menor”. Este escenario incluso está contemplado en la estrategia electoral de los postulantes. Por esta razón, es importante que tanto ganadores como perdedores realicen una lectura correcta del mensaje que están dando los votantes en las urnas, dado que allí se concentra una cantidad muy distinta de motivaciones y la interpretación de ese voto deberá ser cuidadosa para respetar al ciudadano en su decisión, que es efectivamente soberana. Una lectura errónea puede derivar en problemas importantes y en fallas a la hora de distribuir el poder.

En la Argentina ha ocurrido muchas veces que quienes resultaron ganadores de una elección minimizaron el peso relativo de ese mensaje y asumieron su mandato con la vocación de ejercer el poder de manera unilateral, como si se tratara de un nombramiento divino. Esto se debe a que la Constitución argentina otorga a nuestra institución presidencial una enorme cantidad de poder y recursos. El Poder Ejecutivo es el epicentro de la política argentina y tiene además de iniciativa parlamentaria, el poder de veto, por ejemplo. Pero la propia naturaleza del poder hiperpresidencial puede poner en riesgo la gobernabilidad al concentrar demasiadas facultades en el presidente, en detrimento de los otros poderes. Esto hace que el Ejecutivo sea débil y fuerte al mismo tiempo, ya que lo expone demasiado y hace que su figura se deteriore frente a la presión de diferentes actores políticos, en particular gobernadores –y sobre todo de provincias sobrerrepresentadas–, y por todos los actores sociales que ejercen su capacidad de veto ante cualquier reforma, en especial aquellos que están mejor organizados, como los sindicatos. El politólogo Guillermo O’Donnell definió este fenómeno con el concepto de “democracia delegativa”: cuando los líderes se creen con el derecho y hasta la obligación de decidir qué es bueno para el destino del país, sin aprovechar los mecanismos de deliberación ni la formación de consensos. Se mezclan la solución o la mejora de algún aspecto específico con los resultados de las elecciones: el que gana tiene razón. Esto sesga las prioridades de política pública hacia el objetivo de salir victorioso en las urnas.

Durante su gestión, Mauricio Macri llevó esto al extremo al sintetizar en una persona, Marcos Peña, los roles de jefe de Gabinete de ministros y de la campaña electoral. Por eso, poco importa el “calendario” stricto sensu, pues las decisiones de los gobiernos las determina, directa o indirectamente, el objetivo de maximizar la cantidad de votos. Se trata de un juego perverso, en el que la sociedad ingresa en un proceso de inercia delegativa sobre el presidente: solo exige, nunca propone. El mandatario absorbe, jerarquiza y trata de responder a las demandas según algún tipo de criterio, pero siempre con soluciones momentáneas. Como consecuencia, la ciudadanía queda insatisfecha, ya que ni una cantidad mínima de todas esas cuestiones puede ser canalizada en la práctica. Así, el presidente, que asumió convencido de que era un agente de transformación, termina convertido en un simple obstáculo, perdido en el laberinto de una agenda a corto plazo, trabada, que influye marginalmente en el desarrollo de país. En conclusión, la ilusión de manejar casi la suma del poder público deviene en una decepción cuando se advierte que no sirve para resolver los problemas más urgentes, ni para desarrollar transformaciones sistémicas. No depende de las personas, se trata de una cuestión de diseño institucional distorsionada en la práctica por valores, ideas, hábitos y costumbres muy arraigados. Pero nada de eso está en el sistema democrático, que es simplemente un método para seleccionar dirigentes políticos dentro de un conjunto. Por eso es necesario resaltar que su peso es relativo, ya que implica la existencia de un balance de poder que deberá distribuirse de acuerdo con los matices expresados por la ciudadanía en su voto. Nadie gana todo aunque triunfe, ni nadie pierde todo, aunque pierda. La experiencia histórica sugiere que, al margen del diseño institucional específico que finalmente tome un sistema determinado –por ejemplo, presidencialismo o parlamentarismo, federalismo o centralización, elección de diputados por representación proporcional o por distritos uni- o binominales–, la democracia requiere un acuerdo previo entre las principales elites de una sociedad en el que se comprometan a respetar las reglas a partir de las cuales se genera y distribuye el poder por un tiempo determinado. Dichos arreglos básicos, prepolíticos –pues son requisitos para que luego puedan dirimirse las diferencias y los conflictos–, deben quedar fuera del debate político. Están diseñados para encauzarlo, organizarlo, jerarquizarlo, canalizarlo. Para eso, por ejemplo, deberían servir los partidos y otras organizaciones representativas de intereses: sindicatos, cámaras empresariales, asociaciones de consumidores, etc.

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(Video) El gran PROBLEMA de LATINOAMÉRICA - Gloria Álvarez

En resumen, ¿para qué sirven las elecciones? Para construir y distribuir el poder, para informar respecto de las preferencias de los ciudadanos, para generar un balance de poder y para que una vez más quede plasmado que ninguna sociedad, mucho menos la argentina, es uniforme, ni homogénea. Por el contrario, es una sociedad con múltiples matices y divisiones que no llegan a ser expresados totalmente a través del voto. Por esta razón, hacen falta otros mecanismos de participación complementarios que fomenten el debate de modo que esas diferencias puedan ser efectivamente expresadas, con el fin de enriquecer la política pública. Si el pueblo “no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”, ¿cuál es entonces el lugar de los mecanismos de democracia directa, como los referéndums, los plebiscitos o las consultas populares? Hemos aprendido que, en muchas circunstancias críticas, la expresión de la ciudadanía sobre un tema específico puede contribuir no solo al fortalecimiento de las instituciones democráticas, sino incluso a evitar situaciones muy conflictivas, hasta violentas. Por ejemplo, en 1984 votamos por amplia mayoría ratificar el acuerdo por el canal de Beagle, que impulsó la transición a la democracia tanto en la Argentina como en Chile, al remover el principal motivo de conflicto bilateral y acotar de ese modo el papel y la influencia de las respectivas fuerzas armadas. Poco tiempo después, en 1988, Chile votó NO a la continuidad del régimen de facto de Augusto Pinochet, impulsando el retorno a un régimen democrático, que se convertiría en el caso más exitoso tanto política como económicamente de toda la región, aunque, obviamente, esté colmado de problemas. Vale aclarar, de todas formas, que los mecanismos de democracia directa pueden también precipitar agudas crisis regionales o locales, como en los casos del Brexit, cuando en junio de 2016 los británicos decidieron abandonar la Unión Europea después de cuatro décadas y el freno al proceso de paz en Colombia, que ese mismo año demostró el rechazo de la sociedad colombiana a los acuerdos firmados por el entonces presidente Juan Manuel Santos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En ambos casos, pues, quedó de manifiesto un profundo desacuerdo en las respectivas sociedades precisamente gracias a estas formas de democracia directa.

Esto nos lleva a otra pregunta: ¿por qué es tan importante esta elección? Porque la sociedad argentina tiene la oportunidad de construir y distribuir, una vez más, poder entre quienes decidieron competir, y enviar un mensaje a la clase política. Tendría incluso la posibilidad in extremis de no votar o, como sucedió en las elecciones de octubre de 2001, de emitir un “voto bronca” –que representó entre el 26% y el 40% de sufragios en blanco, en varias provincias–, como forma de expresar su insatisfacción respecto de los candidatos. Cuando un número significativo de conciudadanos toma esta decisión, el mensaje implícito debe ser escuchado: aquella reacción popular fue el antecedente más importante del “que se vayan todos”. Aun antes del corralito y del colapso final de la convertibilidad, el comportamiento electoral permitió advertir la gravedad de la crisis. Fracasó luego la política en responder con decisiones efectivas al mensaje de las urnas. Pero si entre la oferta existente alguien gana y alguien pierde, quiere decir que la sociedad, incluso sin haber estado cien por ciento satisfecha, eligió alguna de las opciones. Por fortuna, en nuestro país siguen predominando los que apuestan por la democracia como la forma de interactuar política y culturalmente. Bienvenida, entonces, esta nueva oportunidad de ir a las urnas para construir una vez más legitimidad de origen con nuestra decisión.

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Legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio

Un gobernante tiene legitimidad de origen cuando su mandato surge como resultado de una elección. Esa legitimidad es fundamental y sin ella el sistema no funciona. Quien ejerce autoridad lo hace gracias a ese voto mediante el cual los representados le delegamos la capacidad de representarnos. Esa legitimidad de origen, entonces, surge de un hecho fundamental en el que todos somos iguales. Las elecciones son el momento de mayor igualdad de una sociedad, porque no importa quiénes son nuestros padres, dónde trabajamos, dónde estudiamos, dónde vivimos, cómo hablamos, de qué color es nuestra piel, ni cuál es nuestra religión; todos los votos valen uno. Aun en sociedades tan desiguales como la argentina, las elecciones brindan la oportunidad de que cada uno exprese libremente sus preferencias. Y eso le da a la legitimidad de origen una fuerza inigualable, ya que surge de una instancia absolutamente igualitaria en el proceso político. Pero, como ya mencionamos, con la legitimidad de origen no alcanza. El capital político que surge de ese día se puede licuar de forma rápida y hay muchos riesgos de que eso ocurra, sobre todo en un país con problemas históricos de gobernabilidad. En este sentido, se puede decir que a menudo la gobernabilidad depende más de la legitimidad de ejercicio que de la legitimidad de origen. Cuando un gobierno, a través de su gestión y de sus políticas públicas, consigue satisfacer al menos una parte de las peticiones de sus representados, logrará ese intangible necesario para gobernar que es la legitimidad de ejercicio. No es llamativo que gobernantes no legítimos en su origen se vean expuestos a crisis de gobernabilidad, pero los que fueron elegidos por el voto popular también están sujetos al mismo riesgo. La historia argentina está repleta de casos de mandatarios que entran en dinámicas autodestructivas, que terminan erosionando su capacidad de acción y afectando su legitimidad de ejercicio.

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(Video) ¿Por qué FRACASAN LOS PAÍSES? ¿Por qué unos países son RICOS y otros POBRES?

Abundan los ejemplos de gobiernos débiles en nuestra historia, como los de Arturo Frondizi y Arturo Illia, cuya llegada al poder estuvo determinada principalmente por el hecho de que el peronismo se encontraba proscripto, más que por sus atributos como candidatos, lo que derivó en presidencias que carecieron tanto de legitimidad de origen, como de legitimidad de ejercicio. Frondizi llegó a la presidencia en mayo de 1958 tras los comicios convocados por el mandatario de facto Pedro Eugenio Aramburu. Su triunfo fue posible gracias a un pacto secreto con el exiliado líder del Partido Justicialista que, a pesar de estar proscripto, conservaba un gran poder electoral. Presionado por los militares y con un contexto internacional volátil, su mandato estuvo signado por la inestabilidad política. Fue derrocado por un nuevo golpe cívico-militar en marzo de 1962. Una suerte similar corrió Arturo Illia, que fue elegido presidente un año después, en 1963, en elecciones organizadas por el gobierno de facto de José María Guido, que mantenía la prohibición sobre el peronismo y a Frondizi detenido en la isla Martín García. Como resultado, el voto en blanco alcanzó el 19% en esa oportunidad. Tres años después, en junio de 1966, otro golpe de Estado lo sacó del poder. El gobierno de Fernando de la Rúa, por su parte, es el ejemplo de una gestión que llegó al poder con legitimidad de origen, pero no logró legitimarse en su ejercicio. Tras ganar las elecciones de 1999, la Alianza conformada por la UCR y el FrePaSo (Frente País Solidario) comenzó a mostrar las primeras señales de descalabro durante el primer año de mandato con la renuncia de su vicepresidente, Carlos “Chacho” Álvarez. Ese hecho sumergió al gobierno en una crisis política que, sumada a la crisis económica, erosionó su poder y derivó en la renuncia de De la Rúa y posterior escape en helicóptero en diciembre de 2001, en medio de huelgas, saqueos y un clima de inestabilidad generalizado.

El caso de Néstor Kirchner, en tanto, sirve para graficar lo contrario. Si bien su legitimidad de ejercicio fue ganando efectivamente peso específico, comenzó con una legitimidad de origen débil, ya que perdió en primera vuelta con el 22% de los votos en las elecciones de 2003, y llegó a la presidencia sin poder competir en el balotaje, al bajarse Carlos Menem. Tuvimos, también, gobiernos que llegaron fuertes, pero que se debilitaron gradualmente, como el de Raúl Alfonsín, que tuvo mucho poder al comienzo de la transición democrática, pero que, a raíz de los problemas económicos, las sublevaciones militares y los trece paros generales de la CGT, terminó con hiperinflación, situación que lo empujó, como a De la Rúa, a su retiro anticipado. “No pude, no supe, no quise”, es quizá la frase que más sigue impactando de todas las que pronunció Alfonsín, porque expresa con sencillez la frustración de alguien que estaba convencido de que con la democracia bastaba para resolver los principales problemas de la sociedad. Su compleja y turbulenta presidencia, que dio fin a más de cinco décadas de oscilaciones entre gobiernos democráticos y militares, nos enseñó que, además de contar con legitimidad de origen, es igual de importante –o más– tener legitimidad de ejercicio. Nos demostró que el mero hecho de votar no produce automáticamente el capital político necesario para brindar los bienes públicos esenciales –educación, salud, justicia, seguridad, infraestructura básica y cuidado del medio ambiente–, sino que gobernar implica, en la práctica, una enorme capacidad por parte del Estado, tanto nacional como provincial e incluso municipal, para gestionar y crear los acuerdos necesarios para dar respuestas reales a las demandas de la ciudadanía.

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Capital político, balance de poder, acuerdos y gobernabilidad

La democracia permite darles poder a los gobernantes a través del voto. No es ni más ni menos que el capital político que viene de la mano de la legitimidad que otorgan las elecciones. Está representado, por un lado, a través de la masa de recursos que son delegados al ganador de la contienda para que pueda gobernar e intentar responder a las demandas de la sociedad. Pero también ese stock de capital político dependerá de la capacidad de los representantes para hacer política, es decir, para construir acuerdos y alianzas con el objetivo de garantizar la gobernabilidad. El desafío es invertirlo con inteligencia. Si eso no sucede, los gobiernos corren el riesgo de reducir su poder o, incluso, desperdiciarlo. ¿Por qué hay presidentes que llegan débiles, sin aire, a la mitad de sus mandatos? Porque no logran generar los acuerdos que les permitan trabajar para satisfacer las demandas de la sociedad. Cuando esto ocurre, las elecciones de mitad de término funcionan como termómetro. Cuando la ciudadanía le quita su voto al oficialismo de turno, es probable que surjan problemas de gobernabilidad. En cambio, si ese stock de capital político se invierte con inteligencia y se hace buena política, no solo se mantendrá en el tiempo, sino que también podrá incrementarse. Esto ocurrirá en función de los resultados obtenidos en la gestión, pero también dependerá de los acuerdos, coaliciones o mecanismos de cooperación con actores domésticos o internacionales que se generen en pos de garantizar la gobernabilidad. Esto, a su vez, requerirá una organización racional del aparato del Estado, con recursos humanos, tecnología de la información e infraestructura adecuada. De esto último carecía la Argentina cuando gobernó Alfonsín y, lo que es aún muchísimo peor, llegamos hasta nuestros días sin haber construido ese requisito básico para lograr un mínimo umbral de gobernabilidad democrática. Por eso en la Argentina fracasan todos los gobiernos. Peor aún, muchos creen que con un salvador (un “Riquelme” o un “Cavallo”), las cosas se podrían arreglar casi mágicamente. O suponen que hacen falta más aguante, sacrificios personales, sufrir una larga travesía en el desierto para alguna vez, no se sabe bien por qué, estar mejor. De lo que se trata es de hacer Política con mayúsculas. De pensar y actuar estratégicamente. De armar en serio –en vez de declamar– equipos profesionales, plurales y competentes de política y de gestión. En la Argentina fracasan todos los gobiernos en parte porque los presidentes, al margen de su identificación partidaria o inclinación ideológica, creen casi siempre que no tienen que compartir el poder con nadie, que tienen que “cargarse el país al hombro” y terminan aislados y debilitados, imaginando conspiraciones –que a veces existen– y mascullando bronca y frustración. Es habitual la referencia a la necesidad de tener políticas de Estado, acuerdos de gobernabilidad, comunes denominadores que permitan evitar los clásicos movimientos pendulares que nos caracterizan como sociedad. Pero por diferentes motivos seguimos postergando ese debate: nunca es “el momento apropiado”, no hay “con quién pactar”, “todo el mundo pide, pero no está dispuesto a ceder nada”.

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(Video) ¿Por qué las EMPRESAS PÚBLICAS son INEFICIENTES?🔥

Sin embargo, no está claro qué se debe pactar, ni quiénes deben estar involucrados. Para no ir hacia un nuevo fracaso, es imprescindible que comprendamos qué es un pacto, sus alcances y beneficios. Desde el Pacto Roca-Runciman hasta el Pacto de Olivos, pasando por el memorándum de entendimiento con Irán, el término “pacto” es, para los argentinos, sinónimo de contubernio, una suerte de mala palabra. Esta peculiar concepción contradice la moderna teoría democrática y hasta la aplicación de modelos matemáticos a los estudios estratégicos. En particular, desde comienzos de la década de 1960, proliferaron una enorme cantidad de investigaciones que demostraron que los acuerdos entre elites para solucionar conflictos políticos, económicos, sociales y culturales pueden ser exitosos, sustentables en el tiempo y hasta capaces de modificar conductas confrontativas. La clave de estos acuerdos es el horizonte temporal de los actores involucrados. Pactar significa ceder algo de forma inmediata para obtener un beneficio mucho mayor a mediano y largo plazo. La gran duda consiste en si las reglas del juego, que son la base de cualquier acuerdo, habrán de mantenerse. Por lo general, los argentinos priorizamos, tanto individual como colectivamente, el aquí y el ahora, al margen del impacto futuro de esos comportamientos tan cortoplacistas. Un desafío que nuestro país tiene por delante en este terreno es el de la construcción de confianza, de affectio societatis, de sentido de pertenencia al sistema político y de respeto por el otro. El acuerdo puede ser una maravilla técnica y estar escrito de la mejor manera posible, pero si no existe una vocación explícita de cumplirlo por parte de los involucrados, no sirve para nada.

Este es otro de nuestros grandes conflictos: estamos acostumbrados a que, tras la firma del acuerdo, la misma persona que lo rubricó comience a violarlo. Eso ocurrió, por ejemplo, con Menem y sus intentos de re-reelección. La barrera más importante a romper, no obstante, es la de entender que uno pacta con lo que hay, no con lo que quiere. El acuerdo se hace con el diferente, con “el otro”, a quien hay que reconocerle legitimidad y representatividad. Ese sí es un obstáculo muy serio, pues en la Argentina tanto los partidos como las corporaciones, y en general la sociedad, están fragmentados. Esto dificulta no solo la negociación, sino la capacidad de hacer cumplir el contenido de lo acordado por parte de los miembros de un determinado grupo. En consecuencia, administrar la “cosa pública” conlleva, por supuesto, hacer política. Sin embargo, algunos siguen defendiendo la tesis que supone que “aislarse de la política” o hacer las cosas como en el “sector privado” es mejor que meterse en el “fango”. Esto implica, ciertamente, desconocer la naturaleza de lo público y conspira, además, contra la posibilidad de aumentar el stock de capital político. Lo público por definición es político. Esto no quiere decir que no existan instrumentos o prácticas del mundo privado que alimenten lo público y viceversa. Pero de ninguna manera se puede gestionar en el Estado de la misma forma que en el sector privado, porque son ámbitos absolutamente distintos. Por esta razón, la política argentina debe hacer el esfuerzo por comprender que es necesario ceder para lograr por fin salir de la decadencia secular en la que estamos metidos y acordar reglas que nos permitan funcionar mejor. Se trata, nada menos, de buscar construir consenso, no de imponer la voluntad de unos pocos, ni ciertas lógicas a la gestión pública. Puede o no salir bien, pero es una dinámica política en la cual uno tiene que resignar y pragmáticamente buscar puntos en común, comunes denominadores. Si seguimos en la postura actual de polarizar con el otro, lamentablemente la inercia política va a seguir generando gobiernos débiles. Y la agenda de desarrollo, la agenda más estratégica que este país continúa sin discutir, va a seguir siendo postergada.

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La sociedad renueva su esperanza en las urnas

Como vimos, la esperanza es esa fuerza intangible que cada año electoral renueva la promesa de que las cosas pueden mejorar. Es una especie de energía renovada que le permite a la sociedad volver a tener expectativas, sentir que quizás esta vez será distinto. Al margen de quiénes festejen en la noche de una elección, la sociedad espera ese momento con la ilusión de que algo va a cambiar. No importa si será con globos en Parque Norte o con bombos en el Obelisco: ese día importa la magia que impulsa a la ciudadanía a las urnas para ejercer libremente su derecho a elegir. En este sentido, es preciso resaltar el bajo costo presupuestario que conlleva el proceso electoral si se tiene en cuenta el valor real y simbólico que se desprende de su resultado. Evidentemente, no es gratis, hay procesos administrativos previos y posteriores que tienen un costo, y lo deseable sería que el sistema fuera lo más austero posible. Sin embargo, por la importancia que tiene una elección para un país y la capacidad para otorgar legitimidad a los gobernantes, el sistema democrático no resulta para nada costoso y es, ante todo, efectivo. Se resume en un día: uno va, vota y listo. Todo eso es posible gracias al sistema democrático, que todavía conserva esa facultad, a pesar de sus fallas y sus costos. Pero aquí podemos preguntarnos: ¿cuánto vale esa esperanza? ¿Cuáles serían las consecuencias de una sociedad despojada de la expectativa de que en una fecha, gracias a su voto, las cosas mejorarán? Aunque sea una parte. Eso es lo que creen muchos de los que van a votar y que a pesar de tantas desilusiones vuelven a confiar, una vez más, en la democracia.

En suma, este primer capítulo se concentró en un aspecto fundamental de la sociedad argentina: a pesar de la incapacidad de los distintos gobiernos para responder a sus demandas, la ciudadanía conserva una enorme confianza en el sistema. No existe en el país ningún actor relevante que cuestione la lógica de la democracia, ni se vislumbra una rebelión o rechazo antielites como las que existen en otros países, aun con regímenes más maduros y, al menos hasta hace poco, formalmente más sólidos. Y si bien no puede suponerse que esta situación vaya a durar eternamente, mirando lo que ocurre en la región y en el mundo, y considerando nuestra traumática historia de golpes militares y amagues autoritarios de izquierda y de derecha, vale la pena señalar la inexistencia de amenazas efectivas al orden democrático, y eso no es algo menor. La democracia distribuye y construye poder, les da legitimidad de origen a los representantes del pueblo, construye recursos de capital político y renueva la confianza en la capacidad que tiene el sistema político de solucionar, al menos en parte, los problemas de la sociedad. Y a pesar de todos sus defectos, el día que vamos a votar ratificamos nuestra decisión de vivir en un Estado de derecho, porque, como dijo el ex primer ministro británico Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás”.

(Video) Joven liberal HUMILLA a una comunista abortera

Acemoglu y Robinson construyen dos grandes conjuntos de instituciones factibles de darse en los distintos países, asignándoles un mote calificativo: instituciones inclusivas e instituciones extractivas.. Si bien algunos críticos insinúan que hay rigideces interpretativas dentro del esquema del libro de Acemoglu y Robinson, como así una cierta impronta tautológica, a la par que otros ven una innecesaria atención puesta en el tema de la “igualdad” entre los países, lo cierto es que el modelo propuesto por los autores tiene el atractivo de sintetizar (y simplificar) en unos pocos factores la complejidad enorme del proceso histórico de las distintas sociedades que analizan.. Aquella “caja de herramientas”, entonces, nos provee de una guía heurística para el análisis activo, sin caer en la mera réplica modélica y acrítica.. Las instituciones políticas y económicas que se dan los países, sean de cuño inclusivo o extractivo, se desenvuelven en el marco del llamado “círculo virtuoso” (las inclusivas) o dentro de un “círculo vicioso” (las extractivas).. En el contexto virtuoso se dan las condiciones para que generen procesos de destrucción creativa, condición sine qua non para el crecimiento económico y la mejora social.. Esos choques los denominó “innovación”, la cual consistía en la introducción en el mercado de un producto, servicio, proceso o destino de la producción, que originaba un cambio positivo en aquella relación de equilibrio.. En el devenir de dicho proceso, los agentes transfieren recursos aplicados anteriormente a los productos, servicios, procesos o destinos correspondientes al punto de equilibrio previo, hacia los nuevos, dando lugar a lo que se denominó -años después- “destrucción creativa”: de las entrañas de lo viejo surge lo nuevo, que reemplaza a aquel.. En el modelo aplicado, y Argentina fue condicente con esto entre el último tercio del Siglo XIX y mediados del Siglo XX, este listado se sustenta en los tres factores claves de todo círculo virtuoso que más arriba se mencionaron.. El modelo hibrido que padece Argentina, con fuerte impronta extractivista, es beneficioso para determinados agentes (la “élite” a la que se refieren Acemoglu y Robinson), para quienes la destrucción creativa significaría la pérdida de su poder económico y político.. Los beneficiarios del modelo extractivista se oponen a toda innovación disruptiva, a avanzar hacia la vigencia de un círculo virtuoso, no por necios, no por ignorantes, sino, precisamente, porque entienden a la perfección lo que implica ese cambio.. El retomar el patrón de crecimiento económico y social imperante en Argentina entre el último tercio del Siglo XIX y mediados del Siglo XX implica, ineludiblemente, la configuración de un círculo virtuoso sustentado en procesos de destrucción creativa.. Quiénes y cómo impulsarían dicho proceso, que no es otra cosa que el tránsito desde instituciones extractivas hacia instituciones inclusivas, es la gran incógnita nacional.. Acemoglu y Robinson señalan, apelando a ejemplos históricos -como el australiano- que ese tránsito es posible, indicando que el elemento clave que lo puede (o no) facilitar es la voluntad política.. Esta misma aseveración es válida para Argentina: el retomar la senda de crecimiento económico y de progreso social, junto a la reversión de la decadencia cultural, es, antes que nada, una cuestión de voluntad política.

Fue una crisis provocada por el abultado déficit fiscal, el exceso de endeudamiento y la desenfrenada especulación con tierras, que no sólo llevo al país a la bancarrota, al pueblo a la miseria y a la quiebra del Banco Nacional sino que se llevó consigo a Juarez Celman, el presidente de la república.. La corrupción y el fraude motorizan la Revolución del 90 donde nace el radicalismo encabezado por Leandro Alem.. Pero en lugar de darse paso a una política de desarrollo de largo plazo, se cayó muchas veces en el populismo – ya que la menor eficiencia podía sostenerse con los recursos del campo.. Para llevar adelante el ajuste vuelve al primer plano el modelo liberal agroexportador, que expresa al sector generador de divisas, pero sin apoyo popular y por eso, en principio, sostenido por los militares.. Lo grave es que ninguno de los dos grandes modelos se consolidó y Argentina paso a ser un país sin rumbo.. Ante su incapacidad para desarrollar el país, los liberales apelan al endeudamiento y de paso la especulación y por esa vía llevan también, a gigantescas desastres financiero como el de Martínez de Hoz – masiva quiebra bancaria y default en 1982; la Convertibilidad – que desembocó en la mayor crisis de la historia argentina - y el macrismo, que nos lleva al borde del desastre.. Argentina pasa de un “progresimo” que fracasa por sus tendencias populistas a un neoliberalismo que no puede incluir a la población y además vía endeudamiento y fuga de capitales lleva a una explosión de la economía aun más violenta.. La dualidad económica y social de la Argentina explica porque a pesar de su inmensa dotación de recursos y el gran desarrollo relativo de su capital humano no logra poner en marcha su desarrollo.. Por ende no parece haber otro camino que la diversificación productiva, la incorporación de valor agregado a la producción primaria y el desarrollo de una industria con capacidad exportadora.. Esa es la única forma de asegurar divisas suficientes, y un crecimiento sostenido que permita financiar el gasto público que el país reclama.

El fuerte crecimiento de los años dorados de la economía primaria exportadora, la educación y la inmigración dieron lugar en el país a una importante clase media en la ciudad de Buenos Aires y a una incipiente industrialización que se potenció con el cierre de la economía con la crisis del 30 y la segunda guerra mundial.. Ante su incapacidad para desarrollar el país, los liberales apelan al endeudamiento y de paso la especulación y por esa vía llevan también, a gigantescas desastres financiero como el de Martínez de Hoz – masiva quiebra bancaria y default en 1982; la Convertibilidad – que desembocó en la mayor crisis de la historia argentina – y el macrismo, que nos lleva al borde del desastre.. La experiencia del macrismo confirma una vez mas que no es viable una Argentina primaria exportadora porque dejar afuera a la mitad de la población y el intento de contenerla y facilitar el ajuste vía endeudamiento externo provoca un dramático fracaso.. Esa es la única forma de asegurar divisas suficientes, y un crecimiento sostenido que permita financiar el gasto público que el país reclama.. El dólar blue sube $2 y se vende a $324 en el mercado paralelo, mientras que las cotizaciones financieras también avanzan y se mantienen en niveles récord.. El martes, el Banco Central anunció un régimen especial para que los productores de soja vendan su cosecha y el presidente del organismo, Miguel Pesce, aclaró este miércoles que no se trata de un dólar diferencial ni un desdoblamiento cambiario.. Tras los permanentes cuestionamientos del presidente Alberto Fernández al campo por no liquidar los dólares de las cosechas, el economista Daniel Artanadesafió al diputado Máximo Kirchner a vender sus dólares declarados para solucionar la falta de divisas del Banco Central de la República Argentina (BCRA).. No pueden ni hacer lo que les conviene ”.. Puntualmente, se permitirá que los productores realicen un depósito a la vista en las entidades financieras con retribución diaria variable en función de la evolución del tipo de cambio A3500, conocido como Dólar Link, por hasta el 70% del valor de la venta de granos.. «Esta decisión del BCRA busca equilibrar a los productores agropecuarios con los beneficios que disponen los distintos sectores productivos», señaló el organismo monetario en un comunicado.

Para demostrarlo existe una prueba irrefutable de la realidad tangible: Argentina es hoy un país empobrecido, situado en los últimos lugares del ranking en todas las materias computables, luego de disputar los primeros puestos entre las naciones más desarrolladas del mundo a fines del siglo XIX.. Sin dudas debemos admitir, para revertir esta situación paupérrima, que habitamos hoy uno de los países más solitarios y subdesarrollados del planeta, dentro de una paradoja: no somos un país pobre sino al contrario, uno de los más ricos del mundo en su naturaleza y con alto nivel humano, pero empobrecido por las pésimas administraciones enquistadas durante decenios, elegidas o no.. Me propongo profundizar, ajustado al espacio del diario, esta secuencia decadente.. El objetivo de las Fuerzas Armadas es la defensa nacional y, en última instancia, el combate, para lo cual los mandos deben ser necesariamente verticales y, los subalternos, absolutamente subordinados, no admitiéndose la deliberación, la discrepancia y menos la democracia.. Como no podía ser de otra manera el país se transformó en un gran cuartel general porque de los militares no se podía esperar democracia y eso nos hizo retroceder medio siglo.. Las Fuerzas Armadas son internamente antidemocráticas, por eso la Constitución las subordina al poder civil y el presidente es su jefe supremo.. Esta antidemocracia -repito, esencial para el combate- durante tantos años, terminó por minar las bases constitucionales del país, el orden jurídico y la sujeción a la ley, con lo cual el deterioro general no se hizo esperar y la violación a las leyes fue moneda corriente.. En 68 años han gobernado sólo peronistas y radicales.. Para 2016 se está preparando lo mismo: kirchnerismo, peronismo o radicalismo.. El kirchnerismo se enmarca en una democracia cuasi formal pero no sustancial.. ¿Qué se puede esperar ahora de un kirchnerismo, peronismo o radicalismo a partir de 2016?. ¡Ninguno explica los numerosos fracasos de sus predecesores ni cómo los van a superar!. De aquí a diciembre de 2015 hay cuatro etapas mínimas: llamar a un congreso de todos los partidos políticos para establecer un pacto donde se convengan y unifiquen todos los puntos fundamentales de las diversas políticas de Estado, a cumplir por todos los candidatos y, en especial, por el que sea elegido Presidente; determinar las formas y procedimientos para darles cumplimiento; seleccionar a los candidatos para presentarse a las PASO; elegir a los candidatos para el período 2015/2019.. Falta un año para las elecciones.

En efecto, presentamos una caja de herramientas conceptual que permite explicar, por ejemplo, por qué pudo hacer aprobar muchas leyes en sus dos primeros años, el ajuste fiscal fue lento, la inversión aumentó solo a cuentagotas, el frente Cambiemos llenó de tropa propia a la administración pública, y la justicia aceleró las investigaciones sobre la corrupción de la gestión anterior recién luego de las elecciones de 2017.. Pasadas tres décadas desde el retorno a la democracia, muchos han sido los logros; por ejemplo, la estabilidad institucional, el establecimiento de los derechos humanos como principio fundamental del orden democrático, la superación de conflictos limítrofes en el marco de la integración regional y la implementación de nuevos programas sociales focalizados en aliviar la extrema pobreza.. Entre ellos, los eternos vaivenes de la política económica, con sus consecuentes y recurrentes crisis políticas, sociales e institucionales; la falta de capacidad de las clases gobernantes para generar acuerdos y proyectos de largo plazo, impedidos, especialmente, por la improvisación y los imperativos cortoplacistas de la supervivencia política y los intereses particulares; la corrupción, un común denominador de todos los gobiernos, independientemente del partido o la orientación ideológica; la degradación de las reglas de convivencia social y la creciente intolerancia, tanto en la comunidad en general como dentro de las propias instituciones de gobierno; la falta de eficacia de las políticas públicas estatales, derivada de un aparato administrativo agigantado y menos profesional, incapaz de proveer los bienes públicos fundamentales (seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud y cuidado del medio ambiente); y la ausencia de un sistema político equilibrado con partidos fuertes y capacitados para gobernar a nivel nacional, para posibilitar una alternancia en el poder sin sufrir obstrucciones que pongan en juego la gobernabilidad y alimenten enormes déficits de credibilidad social.. Como referencias generales, aunque sin idealizar, consideramos experiencias nutritivas que, en contextos muy diversos y no menos complejos que los que enfrenta la Argentina, alcanzaron logros parecidos y significativos, como los Pactos de la Moncloa (1977) en España, la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile a comienzos de la década de 1990 y el Pacto de México (2012).. Tales esfuerzos se propusieron, entre sus ejes centrales, mejorar el funcionamiento del Estado, fortalecer la capacidad para brindar los bienes públicos fundamentales y apuntar a la democratización de la economía y de la política, ampliando de manera efectiva (no meramente declarativa) los derechos sociales y los mecanismos de la participación ciudadana, sobre todo en el diseño y en la evaluación de las políticas públicas.. A diferencia de otros países, como Chile, en los cuales la vuelta a la democracia fue resultado de negociaciones entre las fuerzas militares que ejercían el poder de facto y las fuerzas políticas, la derrota en la guerra de Malvinas y la crisis de la deuda precipitaron la vuelta a la democracia, sin acuerdos institucionales previos.

Una buena parte del despilfarro fiscal está en muchas de las provincias, pero estas tienen una enorme capacidad de negociación en el Congreso.. A pesar de las enormes expectativas que había generado originalmente, dentro y fuera del país, la experiencia de Cambiemos habla de nuevo de fracaso y abre la oportunidad para una revisión de los mecanismos que explican no solo esta nueva frustración, sino que son los mismos que nos llevaron a esta larga decadencia.. Creemos que la Argentina necesita acuerdos políticos sobre las reglas de juego institucionales, incluyendo nuestro sistema electoral, el sistema de control y funcionamiento del Estado y la coparticipación federal.. Entre ellos, los eternos vaivenes de la política económica, con sus consecuentes y recurrentes crisis políticas, sociales e institucionales; la falta de capacidad de las clases gobernantes para generar acuerdos y proyectos de largo plazo, impedidos, especialmente, por la improvisación y los imperativos cortoplacistas de la supervivencia política y los intereses particulares; la corrupción, un común denominador de todos los gobiernos, independientemente del partido o la orientación ideológica; la degradación de las reglas de convivencia social y la creciente intolerancia, tanto en la comunidad en general como dentro de las propias instituciones de gobierno; la falta de eficacia de las políticas públicas estatales, derivada de un aparato administrativo agigantado y menos profesional, incapaz de proveer los bienes públicos fundamentales (seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud y cuidado del medio ambiente); y la ausencia de un sistema político equilibrado con partidos fuertes y capacitados para gobernar a nivel nacional, para posibilitar una alternancia en el poder sin sufrir obstrucciones que pongan en juego la gobernabilidad y alimenten enormes déficits de credibilidad social.. No se trata de replicar de forma automática los instrumentos o los objetivos de estos acuerdos entre élites y sectores políticos, económicos y sociales, sino de tomarlos como ejemplos de procesos de cambio bien planificados, con objetivos claros, conseguibles y consensuados.. Nuestro objetivo es reorientar el debate público hacia el debate de la infraestructura institucional.. Este libro busca proveer un conjunto de propuestas para ese debate que se avecina.. 1 Proponer un conjunto de cambios a las reglas formales, con el menor costo de implementación posible, que permitan transformar los incentivos a los actores políticos para mejorar significativamente la calidad de la democracia y consolidar los mecanismos que promuevan el desarrollo humano.. La primera, compuesta por los capítulos 1, 2, 3 y 4, realiza un análisis de la situación actual de la Argentina: un diagnóstico que recorre los principales problemas que tiene nuestro sistema político, el funcionamiento del Estado y el sistema de coparticipación federal.. En el capítulo 7 nos centramos entonces en el “cómo”.

Sin embargo, la política en Argentina funciona mal.. Raúl Alfonsín recibe los atributos del mando de manos del dictador BignoneOcurre, a veces, que los gobernantes se autoperciben débiles, creen tener menos poder que el que realmente tienen, pero cuando vemos las mayorías relativas, por el tipo de sistema que tenemos de renovación parcial, por la debilidad de los partidos, por coaliciones que colapsan, por características individuales de los líderes o por la combinación de todos estos ingredientes, lo cierto es que la debilidad de los gobiernos es característica de la Argentina .. Y abundan ejemplos de gobiernos débiles en nuestra historia, como los de Frondizi o Illia, cuando estaba proscripto el peronismo; el de la Alianza con De la Rúa, o incluso el de Néstor Kirchner que, si bien su legitimidad de ejercicio fue ganando efectivamente peso específico, comenzó con una legitimidad de origen débil ya que perdió en primera vuelta con 22% de los votos y llegó a la presidencia sin poder competir en el balotaje, al bajarse Menem.. Es la propia naturaleza del poder hiperpresidencial la que puede poner en riesgo la gobernabilidad: al concentrar demasiadas facultades en el presidente en detrimento de los otros poderes, hace que el presidente sea débil y fuerte al mismo tiempo ya que lo expone demasiado y hace que su figura se deteriore fundamentalmente frente a la presión de diferentes actores políticos, en particular gobernadores (y sobre todo de provincias sobrerrepresentadas) y por todos aquellos actores sociales que ejercen su capacidad de veto ante cualquier reforma, en especial aquellos que están mejor organizados, como son los sindicatos.. Si bien existen algunos intentos, lo cierto es que las peleas internas del peronismo no hicieron más que generar gobiernos débiles, tal es el caso del gobierno de Kirchner en 2003.. Con el liderazgo de Kirchner, es decir no ganó ni Menem ni Duhalde , perdieron los dos en algún sentido, con la metáfora de Kirchner ganándole a Duhalde la provincia de Buenos Aires y con la imagen de Néstor “haciendo los cuernitos y tocando madera” cuando en el 2005 Menem juró como senador, hechos que definen quién fue el verdadero ganador en esa pelea.. Por otro lado, el radicalismo también se fragmentó con De la Rúa en el poder y debilitó muchísimo su gobierno.. Con partidos fragmentados o sin partidos o con espacios tan lábiles o sin un orden que, de alguna manera, dé previsibilidad al sistema político, los gobiernos se vuelven débiles.. ¿Qué hemos hecho en estos tres años para fortalecer los partidos políticos?. Néstor Kirchner toma juramento a sus ministros tras asumir la presidenciaUn último motivo tiene que ver con los líderes en sí mismos que quedan muy expuestos y debilitados justamente por la naturaleza del hiperpresidencialismo y por el efecto negativo de esta función binaria que tiene la economía: en épocas de relativa bonanza los defectos de la concentración de autoridad en manos del titular del Poder Ejecutivo parecen menos deletéreos, pero cuando el ciclo económico se revierte, como viene ocurriendo desde marzo, quedan expuestos de forma obscena y con riesgos evidentes en términos de gobernabilidad, quedando vulnerable frente a las presiones de la sociedad.. Si seguimos en la postura actual de polarizar con el otro, lamentablemente la inercia política va a seguir generando gobiernos débiles.

Con esos programas sacó a más de 28 millones de brasileros de la pobreza; redujo los niveles de desnutrición y desescolarización de niños y jóvenes.. Bancarizó a más 45 millones de personas de bajos recursos, eliminando la intermediación en los programas sociales, haciendo más eficiente el uso de los recursos.. Paralelamente, Lula da Silva atacó problemas estructurales, por ejemplo, desincentivó la concentración de capitales inoficiosos y en pocas manos, incentivando con ello la generación de empleo y una mejor distribución de la riqueza; invirtió en la construcción de infraestructura, volviendo al país más eficiente y productivo.. Luego vino lo que ya sabemos, las acusaciones de corrupción, su condena y posterior encarcelamiento, todo rodeado de una ola mediática, que no solo dividió al país, lo hiperpolarizó, permitiendo entonces el surgimiento de una figura contrapuesta a Lula, la del actual presidente, Bolsonaro, transformando a éste en el nuevo “salvador de la patria”.. Al pésimo manejo de la pandemia se le suma el equivocado manejo de la economía; llevando a un país poderoso al derrumbe -como en buena parte del planeta- retrocediendo en los avances que había logrado Lula da Silva, y ahora se presentan el aumento acelerado de la pobreza, desnutrición y desescolarización de la niñez, así como el aumento de los crímenes violentos.. Paralelamente implica un impacto negativo en las economías y calidad de vida de las clases menos favorecidas; con lo cual, si un gobierno solo se enfoca en los problemas estructurales, está dejando a la mayoría de la población en serios aprietos.. Los ejemplos permiten concluir que en campaña los candidatos tratan de conectar con el ciudadano, hacen grandes esfuerzos para presentar propuestas que ayuden de manera rápida a los más desfavorecidos, pero, una vez en gobierno se olvidan de los ciudadanos y se enfocan en desarrollar políticas que favorezcan a sus interés, bien sean políticos o económicos; o, en el mejor de los casos, se enfocan en tratar de resolver problemas estructurales, olvidando los problemas coyunturales que generalmente, son los que afectan de manera directa en inmediata al ciudadano.. Ahora, observemos como no todo es culpa de los líderes o gobernantes de turno; de alguna forma muchos gobiernos están fracasando porque los ciudadanos se han alejado de la política, a pesar de que ésta incide en la cotidianidad de sus vidas.. Se han dejado deteriorar la capacidad de hacer contraloría y la veeduría ciudadana; permitiendo con ello que la administración de la cosa pública se convierta en el botín apetecido por organizaciones politiqueras montadas en el caballito de supuesta ideología de izquierda o de derechas, desviando la atención de los objetivos primordiales del Estado.

La primera ola comenzó en el siglo XIX y se extendió hasta la Gran Guerra y la segunda se produjo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y ambas fueron seguidas por una ola inversa, con países como Brasil, España, Portugal, Grecia, Granada, Brasil y Panamá que debieron realizar una posterior transición hacia la democracia , completado en la década de los 90 con la democratización de los países de la extinta URSS y Sudáfrica.. En su análisis de la tercera ola mundial de las transiciones a la democracia (iniciada en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal), Samuel Huntington observó que las posibilidades de democratización aumentaron cuando estos países salieron de la pobreza y alcanzaron un nivel intermedio de desarrollo socio-económico, momento en el cual ingresaron en una zona de transición política.. Recordar que entre 1974 y 1990, mas de treinta países en el sur de Europa, América Latina, el este de Asia y la Europa del este pasaron de un régimen autoritario a disfrutar de un sistema democrático de gobierno, todo ello en el marco de un tsunami global que quizá sea el acontecimiento político más importante de las postrimerías del siglo XX.. Así, en 15 años la ola democratizadora se trasladó por Europa del Sur, saltó a Latinoamérica, se trasladó a Asia y finiquitó los sistemas autoritarios de los países postsoviéticos, (de lo que sería paradigma el hecho de que en 1974, ocho de los 10 países sudamericanos tenían gobiernos no democráticos y en 1990, 9 tenían ya gobiernos democráticamente elegidos), y según Freedom House, el 39% de la población mundial vivía en países libres en 1990, disminuyendo por primera vez la cantidad absoluta de estados autoritarios.. La llamada “Primavera árabe” (que tuvo su detonante en Túnez y se extendió por mimetismo al resto de países árabes del arco mediterráneo, Yemen e Irak durante la década 2003-2013), sería la primera oleada de protestas laicas y democráticas del mundo árabe en el siglo XXI, movimiento popular sin precedentes caracterizado por la exigencia de libertades democráticas frente a regímenes corruptos y dictatoriales y la mejora de las condiciones de vida de una población sumida en una pobreza severa y un desempleo estratosférico, contando además en el caso de Túnez y Egipto con el apoyo del Ejército.. Con dicha revolución asistimos a la llegada a los países árabes del arco mediterráneo de la Cuarta Ola mundial de transiciones a la democracia , aunque Huntington no otorgó en la década de los 90 ningún potencial revolucionario a los países islámicos, a pesar de reconocer “la fuerza de la revuelta islámica y las raíces tan débiles de sus respectivas democracias”.. Sin embargo, el golpe de mano realizado por el Ejército egipcio contra Morsi podría tener como efecto mimético la traslación a las calles turcas y tunecinas de una campaña de presión contra los últimos Gobiernos islamistas del arco mediterráneo para lograr la intervención del Ejército con lo que asistiríamos al ocaso de la primavera árabe y a su posterior inmersión en la nueva estrategia de EEUU para la zona tras el fracaso para EEUU del experimento de exportación del régimen islamista moderado y pro-occidental de Erdogan a todos los países que componen el tablero gigante del arco árabe-mediterráneo.. Muchas de las elecciones democráticas de la última década han estado marcadas por acusaciones de fraude electoral (Nigeria, Ucrania, México, Bielorrusia, Honduras, Costa de Marfil, Tailandia, Pakistán y Afganistán), aislamiento internacional de los gobiernos democráticamente elegidos (Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua y Franja de Gaza); pseudo-elecciones para intentar edulcorar golpes de mano blandos (Honduras, Ucrania, Egipto, Paraguay y Vietnam) y aceptación por la comunidad internacional de sistemas políticos devenidos en meros gobiernos autocráticos (Georgia y Bielorrusia).. De todo ello se deduce que estaríamos en vísperas de la irrupción en el escenario geopolítico de la nueva ola desestabilizadora mundial originada por causas económicas (el ocaso de la economía global); culturales (el declive de las democracias formales occidentales debido a la cultura de la corrupción; el déficit democrático de EEUU y la pérdida de credibilidad democrática de incontables gobiernos de países occidentales y del Tercer Mundo) y geopolíticas (la irrupción de un nuevo escenario geopolítico mundial tras el retorno al endemismo recurrente de la Guerra Fría entre EEUU y Rusia).

Habitualmente se data el inicio de la ciencia económica justamente en la publicación de “La riqueza de las naciones” de Adam Smith a finales del siglo XVIII.. Está de moda porque las causas del progreso y del atraso económico son relevantes para los países desarrollados, que intentan mantener el progreso alcanzado, y más aún para los países no desarrollados, que aspiran legítimamente a escapar del atraso económico.. Acemoglu y Robinson descartan la “hipótesis de la ignorancia”, según la cual el atraso económico es consecuencia de que los dirigentes políticos desconocen cuáles son las políticas adecuadas.. Por eso la cuestión radica en las instituciones políticas, que son las que definen los incentivos de los dirigentes.. En el extremo, una autocracia es una institución política extractiva, del mismo modo que lo es una democracia en la cual no funciona la división de poderes.. Las instituciones políticas extractivas generan incentivos para diseñar, en beneficio de la elite gobernante, instituciones económicas extractivas, que son aquellas que no garantizan los derechos de propiedad e impiden que las personas puedan dedicarse libremente a las actividades que prefieran y para las cuales sean más productivas, dañando así seriamente los incentivos a invertir e innovar.. Las instituciones políticas inclusivas, en cambio, garantizan que el poder político se distribuya de un modo plural, sin que nadie pueda apropiarse de la suma del poder.. Dado que limitan la posibilidad de gobernar discrecionalmente, en beneficio propio, tienden a generar instituciones económicas inclusivas, que garantizan los derechos de propiedad y generan los incentivos para invertir e innovar, impulsando el desarrollo económico.. Un rasgo característico del desarrollo económico en el mundo es que “la foto” de los países desarrollados y no desarrollados es muy similar a través del tiempo, lo que da idea de cierto inmovilismo.. Se explica en gran parte porque las instituciones políticas y económicas extractivas tienden a reforzarse mutuamente, dando lugar a un círculo vicioso: las instituciones políticas extractivas generan incentivos para instituciones económicas extractivas, que concentren los beneficios económicos en la elite que logra acceder al poder, y estos beneficios económicos concentrados facilitan la permanencia en el poder, mediante instituciones políticas extractivas.. Del mismo modo, las instituciones políticas y económicas inclusivas se refuerzan entre sí, dando lugar a un círculo virtuoso: las instituciones políticas inclusivas limitan la posibilidad de generar instituciones económicas extractivas y, con menor posibilidad de usar las reglas económicas para enriquecerse a costa del resto de la sociedad, quienes acceden al poder tienen menos recursos para intentar permanecer indefinidamente en él.. Si la ausencia de desarrollo se debe a instituciones políticas y económicas extractivas que se potencian entre sí, la pregunta es cómo se sale de esa trampa.. En la visión de Acemoglu y Robinson, las instituciones van mutando por un proceso de “deriva institucional”, cierta analogía con los procesos de evolución en las ciencias naturales, que termina en grandes cambios institucionales cuando ocurren ciertas “coyunturas críticas”, momentos de grandes cambios que modifican las estructuras políticas y económicas.. Por ejemplo, una coyuntura crítica fue la aparición de las innovaciones tecnológicas del siglo XVIII, que dieron lugar a la Revolución Industrial, en Inglaterra y no en otro lado, porque allí se venían generando cambios institucionales que limitaban el poder de la monarquía.

La explicación de las causas de la riqueza o la pobreza de las naciones es la cuestión central de la obra fundacional de la economía.. Si, por el contrario, la nación en cuestión tiene la desgracia de padecer al mismo tiempo de instituciones políticas y económicas extractivas, ello da lugar al círculo vicioso de la pobreza, el estancamiento y la miseria en el marco de unas instituciones que, por un similar proceso de retroalimentación, se hacen cada vez más extractivas y ominosas.. La combinación de instituciones políticas incluyentes y económicas extractivas, o viceversa, da lugar a equilibrios inestables que pueden alterarse por choques exógenos o circunstancias críticas, en la expresión de los autores, que llevan a grandes conflictos sociales de los que puede resultar una combinación virtuosa o viciosa de instituciones, dependiendo del resultado impredecible de los dados de la historia.. Dio a esos «choques de oferta» el nombre de innovación , la cual podía consistir en la introducción al mercado de un producto o servicio nuevo, la aplicación de nuevos procesos a productos ya existentes, la apertura de un nuevo mercado o la trasformación de las estructuras de mercado existentes.. El éxito del empresario triunfante provocaba la aparición de oleadas de imitadores que mediante la movilización masiva de crédito desplazaban recursos de las ramas o actividades de producción tradicionales, donde en razón de la competencia los beneficios empresariales eran mediocres o nulos, a los nuevos sectores en los que esperaban obtener beneficios extraordinarios.. Dicho desplazamiento daba lugar a la fase de expansión del ciclo económico: en la fase de contracción la economía asimilaba de forma progresiva la innovación; los beneficios extraordinarios tendían a desaparecer a medida que por la generalización de esta los precios se ajustaban de nuevo a los costos marginales y se llegaba a una nueva vecindad del equilibrio walrasiano.. El proceso de crecimiento apoyado en la innovación supone la desaparición de negocios, empresas y sectores de actividad enteros ante la emergencia de lo nuevo por el traslado de recursos productivos.. Las instituciones económicas y políticas son incluyentes o no extractivas cuando propician la innovación al permitir que la gente se apropie en mayor o menor medida de las ganancias de su creación y al impedir, al mismo tiempo, por la acción de los contrapesos, que quienes se ven amenazados por la destrucción creativa hagan abortar el proceso innovador.. También es útil para entender la situación de los países del club de la miseria y de la guerra y los procesos políticos y económicos de algunos países latinoamericanos, que se debaten entre instituciones incluyentes y excluyentes en el complicado proceso de construcción del Estado-nación.. Curiosamente, al evaluar esos procesos, el libro carece de la perspectiva histórica que le sobra cuando sus autores se embarcan en el audaz proyecto de aplicar su esquema a la explicación de la revolución neolítica o a la caída del Imperio Romano de Occidente.. En algún momento esas relaciones de producción, de impulsoras se convierten en trabas del avance de las fuerzas productivas y comienza una época de revolución y convulsión social de la que emerge un modo de producción más avanzado.

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Author: Tish Haag

Last Updated: 07/26/2022

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